La actividad física es uno de los pilares fundamentales en el manejo de la diabetes, pero sus efectos en el cuerpo suelen generar dudas. ¿Por qué una caminata puede provocar un bajón drástico de glucosa, mientras que una sesión de pesas o una carrera de velocidad la elevan? La respuesta no radica en el deporte en sí, sino en cómo reacciona nuestro sistema neuroendocrino y en el tipo de combustible que utilizan los músculos.
La Asociación Americana de Diabetes (ADA) establece pautas claras para entender estos fenómenos y aprovechar el ejercicio de forma segura y eficaz.
La ADA adapta la prescripción de ejercicio según las necesidades de cada etapa de la vida. Para los niños y adolescentes, la recomendación es realizar al menos 60 minutos diarios de actividad física de intensidad moderada a vigorosa, asegurando que al menos tres días a la semana se incluyan ejercicios de fortalecimiento muscular y óseo. En el caso de los adultos, la meta es acumular un mínimo de 150 minutos semanales de actividad aeróbica, distribuidos en un mínimo de tres días y evitando pasar más de dos días consecutivos sin entrenar.
El entrenamiento de resistencia o fuerza, debe combinarse siempre con el ejercicio aeróbico debido a su capacidad para preservar la masa muscular y optimizar la sensibilidad a la insulina.
Para comprender el impacto del deporte, debemos clasificar la actividad bajo el conocimiento del metabolismo muscular:
El ejercicio aeróbico (cardio continuo):
Deportes como trotar, nadar, montar en bicicleta de manera sostenida o jugar fútbol a intensidad moderada, utilizan la glucosa circulante y luego los ácidos grasos como energía durante periodos prolongados. El efecto es entonces hipoglicemiante inmediato; la contracción muscular activa el transporte de la glucosa de forma independiente a la insulina, haciendo que el músculo capte glucosa masivamente. Por ello, el principal riesgo asociado es la hipoglicemia, que puede presentarse durante la actividad o manifestarse de forma tardía hasta 12 o 24 horas después, mientras el cuerpo repone sus reservas.
El ejercicio anaerЧbico (fuerza y alta intensidad):
Disciplinas de corta duración e intensidad explosiva como el levantamiento de pesas, los sprints, el crossfit o las artes marciales, utilizan una vía diferente. El esfuerzo extremo provoca una descarga masiva de hormonas contrarreguladoras (adrenalina, noradrenalina y cortisol), con un efecto contrario al de la insulina, ordenando al hígado liberar glucosa a una velocidad mucho mayor de la que los músculos pueden consumir en ese breve lapso. Aunque esto eleva la glucosa al terminar el ejercicio, el riesgo de hipoglicemia tardía o nocturna sigue latente. Sorprendentemente entonces, para muchos pacientes su efecto inicial es hiperglicemiante agudo.
El desafío varía por completo si el organismo cuenta con producción propia de insulina como en la DM 2, que difiere con la DM 1 en que la insulina es administrada de forma externa, lo que obliga a planear estrategias terapéuticas diferentes para cada diagnóstico:
En la Diabetes Tipo 1, al realizar actividad aeróbica, la presencia de insulina inyectada que no se puede “apagar”, sumada a la captación muscular genera un alto riesgo de caídas drásticas de glucosa. La estrategia sugerida por la ADA consiste en reducir la dosis de insulina previa (basal o bolo) o suplementar con 15 a 30 gramos de carbohidratos complejos por cada 30 a 60 minutos de esfuerzo. Por el contrario, el ejercicio anaeróbico puede requerir dosis de corrección minuciosas post-entrenamiento, debido al pico de las hormonas contrarias a la insulina. Una excelente herramienta es programar ejercicios anaeróbicos o sprints breves justo antes del cardio, usando la respuesta hormonal protectora para frenar la caída libre de la glucosa.
En la Diabetes Tipo 2, el enfoque cambia radicalmente hacia la ruptura de la resistencia a la insulina. El ejercicio aeróbico es magnífico para disminuir directamente los niveles de glucosa después de comer y favorecer la salud vascular. Sin embargo, el entrenamiento anaeróbico de fuerza cobra un valor primordial: dado que el tejido muscular es el principal depósito y consumidor de glucosa del cuerpo. Además, desarrollar masa muscular amplía la capacidad de almacenamiento de los músculos y disminuye la resistencia a la insulina a largo plazo, de una forma mucho más sostenida que el ejercicio cardiovascular aislado. Salvo que el paciente utilice insulina o sulfonilureas (Glibenclamida, Glimepirida, Glipizida, Gliclazida), el peligro de sufrir hipoglicemias agudas durante el deporte es mínimo, si se maneja solo con metformina o cambios en el estilo de vida.
Combate el sedentarismo: realiza pequeñas caminatas o ejercicios de peso corporal de corta duración cada 30 minutos, esto reduce significativamente los picos de glucosa.
Artículo por: Dra. Maya Serrano / Endocrinóloga Pediátrica



