Vivir con diabetes implica sostener rutinas exigentes: planificar comidas, monitorear glucosa, tomar medicación, moverse con regularidad y asistir a controles. Aunque estas conductas parecen “mecánicas”, en la práctica están atravesadas por emociones, creencias y experiencias de identidad. Por eso, el autocuidado no depende solo de “saber qué hacer”, sino de cómo la persona se habla a sí misma cuando los resultados no salen como esperaba.

Desde una mirada biopsicosocial, el eje intestino-cerebro recuerda que lo que comemos puede influir en neurotransmisores y en el funcionamiento del sistema nervioso; a la vez, el estrés, el sueño y el estado de ánimo impactan apetito, decisiones alimentarias y motivación. La evidencia en psicología del estilo de vida sugiere que un patrón integral, basado en alimentos reales y plantas, como la dieta mediterránea, se asocia con beneficios en estado de ánimo, energía y cognición, lo que puede facilitar también la adherencia a planes de salud.

Sin embargo, en diabetes aparece un reto particular, el cuerpo se vuelve “medible” todo el tiempo. Peso, glucosa, hemoglobina glicosilada y otros indicadores clínicos son útiles, pero pueden adquirir una carga emocional intensa. En consulta es común ver que el peso deja de vivirse como una variable de salud y se transforma en un juicio moral: “si subo, fallé”; “si no bajo, soy un fracaso”. Este lenguaje polarizado (“bueno/malo”, “control/falla”) alimenta culpa y vergüenza, emociones que a corto plazo pueden empujar cambios rígidos, pero a mediano plazo suelen producir agotamiento, evitación y conductas de todo-o-nada, teniendo un impacto directo a la imagen y autoestima.

Desde la terapia cognitivo-conductual, vale diferenciar dos cosas: el resultado biomédico y el valor personal. Cuando se fusionan “mi glucosa define quién soy”, la autoestima se vuelve frágil y el autocuidado se convierte en castigo. En cambio, un autocuidado sostenible requiere una narrativa distinta: “esto es complejo”, “puedo ajustar”, “mi cuerpo merece respeto aun cuando hoy me cueste” (autocompasión).

Clínicamente ayuda comenzar con una conversación amable hacia la alimentación, este estilo abre espacio para metas pequeñas y realistas: añadir fibra (legumbres, avena), incorporar grasas saludables (nueces, aceite de oliva), aumentar vegetales “de colores” y reducir ultraprocesados, sin caer en perfeccionismo. El objetivo no es “hacerlo perfecto”, sino hacerlo posible.

Finalmente, la autocompasión no es permisividad: es una estrategia de persistencia. Cuando la persona aprende a decir “esto fue difícil y sigo aquí”, disminuye la vergüenza, aumenta la autoeficacia y el autocuidado se vuelve un acto de cuidado genuino, no de corrección moral mejorando el resulto del autoestima, imagen y peso.

Referencias:

  1. Jacka, F. N., O’Neil, A., Opie, R., et al. (2017). A randomised controlled trial of dietary improvement for adults with major depression (the SMILES trial). BMC Medicine, 15(1), 23.

  2. Marx, W., Manger, S. H., Blencowe, M., et al. (2023). Clinical guidelines for the use of lifestyle-based mental health care in major depressive disorder. World Journal of Biological Psychiatry, 24(5), 333–386.

  3. Miller, W. R., & Rollnick, S. (2023). Motivational Interviewing: Helping People Change and Grow (4th ed.). Guilford Press.

  4. Opie, R. S., O’Neil, A., Itsiopoulos, C., & Jacka, F. N. (2015). The impact of whole-of-diet interventions on depression and anxiety: A systematic review of RCTs. Public Health Nutrition, 18(11), 2074–2093.

  5. Smalls-Mantey, A., Verma, D., Nagarajan, R., et al. (2025). Nutritional interventions in the prevention and treatment of psychiatric disorders. Psychiatric Annals, 55(7), e170–e175.

Artículo por: Marianna DeMarino H, MSc / Psicóloga clínica